El bosque
El miedo se apoderó de todos ellos. La sensación de ser observados era sofocante, como si algo invisible se deslizara entre los árboles, acechándolos desde la penumbra.
Rafael, mitad humano, mitad bestia, se quedó inmóvil. Sus sentidos vibraban con una intensidad abrumadora. No solo podía oler la nieve húmeda y la madera podrida del bosque, sino también algo más… algo antiguo, algo que no pertenecía ni a este mundo ni al otro.
Los murmullos continuaron, resonando en el aire como si el propio bosque estuviera susurrando secretos prohibidos. Rafael no los entendía del todo, pero su cuerpo reaccionaba instintivamente. Era un llamado. Una advertencia.
—¿Qué es eso? —susurró Ana, sosteniendo con fuerza las medicinas contra su pecho.
—No lo sé —murmuró Aitor, empuñando su cuchillo con más fuerza.
Julián tragó saliva, mirando a Rafael con temor.
—Tú… ¿tú los entiendes, verdad?
Rafael no respondió de inmediato. Su mandíbula estaba tensa, sus garras se clavaban en la nieve.
—No del todo —dijo finalmente—. Pero sé que nos están esperando.
Rosa, con el rostro pálido, abrazó a Manuel.
—¿Esperándonos? ¿Quiénes?
Antes de que Rafael pudiera responder, un sonido más fuerte rompió el aire: el crujido de varias ramas quebrándose a la vez.
Los niños se aferraron a sus familias. Los adultos se miraron unos a otros, paralizados.
Y entonces, desde la espesura, emergieron siluetas.
No eran como las criaturas de la horda. No gruñían, no avanzaban como depredadores hambrientos. Eran altos, cubiertos con pieles raídas y marcas en sus cuerpos. Sus ojos brillaban con un fulgor antinatural, y en sus manos portaban lanzas rudimentarias, talladas en madera y hueso.
El bosque tenía guardianes.
Y ahora, el grupo estaba en su territorio.
Aitor tragó saliva y apretó los puños. No podía dejar de pensar en aquella mañana en la que todo cambió. Se había levantado temprano, había salido a tomar un café como cualquier otro día, y luego… la explosión. Nadie supo de dónde vino, pero después de eso, el mundo se volvió un caos. La gente comenzó a atacarse entre sí, y pronto, los humanos dejaron de ser humanos.
Desde entonces, cada hora era una lucha por sobrevivir.
Ahora estaban allí, en medio de un bosque que parecía sacado de otro tiempo, rodeados de figuras que no deberían existir. Guardianes, los llamó en su mente. Hombres cubiertos con pieles, con lanzas de hueso y ojos que brillaban como si en su interior ardiera un fuego antiguo.
—Tenemos que llegar al mar —susurró Julián, como si tuviera miedo de que esas cosas lo escucharan—. El agua los quema, ¿recuerdan?
Sí. El mar era su única esperanza. Si lograban llegar, al menos tendrían una oportunidad. Pero entre ellos y la costa se interponía ese bosque… y sus guardianes.
Rafael, aún mitad humano, mitad bestia, dio un paso adelante. No sabía por qué no se había transformado por completo. No entendía por qué tenía control sobre las criaturas. Pero sí sabía que, ahora mismo, su instinto le decía que debía proteger a su gente.
Los guardianes los observaban en silencio. No atacaban, pero tampoco parecían dispuestos a dejarlos pasar.
—¿Qué les pasó a ustedes? —murmuró Claudia, mirando a los seres con temor—. ¿Qué nos pasó a todos?
Nadie respondió.
La humanidad se había roto en pedazos. El mundo que conocían ya no existía. Y el camino que los esperaba era incierto.
Entonces, uno de los guardianes levantó su lanza y habló en un idioma olvidado.
Rafael lo entendió.
—Nos están poniendo a prueba —susurró, volviendo la vista al grupo—. Si queremos cruzar el bosque… tenemos que demostrar que merecemos vivir.
El viento sopló entre los árboles, helado y pesado.
La verdadera prueba a penas comenzaba.
Los guardianes formaron un semicírculo alrededor del grupo, sus ojos brillando con un fuego extraño. No hablaban, pero sus miradas lo decían todo: la salida del bosque no sería fácil.
Rafael respiró hondo y dio un paso adelante.
—Nos pondrán a prueba —repitió, su voz firme pero tensa—. No sé qué tipo de prueba será… pero si fallamos, no saldremos de aquí.
El grupo se miró entre sí. Nadie tenía fuerzas para esto. Estaban agotados, con frío, con miedo. Pero no tenían opción.
Uno de los guardianes golpeó el suelo con el extremo de su lanza y señaló un claro en el bosque. Allí, bajo la luz pálida de la luna, había un círculo de piedras cubiertas de símbolos extraños. Parecía un lugar sagrado.
—Vengan —gruñó el guardián.
El grupo avanzó con cautela, siguiendo las instrucciones. Al llegar al círculo, los guardianes se colocaron alrededor, cerrándolos en un perímetro invisible.
—¿Qué tenemos que hacer? —preguntó Aitor, con la voz tensa.
El guardián que había hablado antes alzó la mano.
—Solo los fuertes sobreviven.
De repente, del bosque surgieron figuras. Pero no eran guardianes. Eran criaturas. Retorcidas, deformadas, hambrientas.
—¡Nos van a hacer pelear! —gritó Jesús, dando un paso atrás.
Rafael sintió que su lado bestial despertaba. La prueba no era solo deLos guardianes formaron un semicírculo alrededor del grupo, sus ojos brillando con un fuego extraño. No hablaban, pero sus miradas lo decían todo: la salida del bosque no sería fácil.
Rafael respiró hondo y dio un paso adelante.
—Nos pondrán a prueba —repitió, su voz firme pero tensa—. No sé qué tipo de prueba será… pero si fallamos, no saldremos de aquí.
El grupo se miró entre sí. Nadie tenía fuerzas para esto. Estaban agotados, con frío, con miedo. Pero no tenían opción.
Uno de los guardianes golpeó el suelo con el extremo de su lanza y señaló un claro en el bosque. Allí, bajo la luz pálida de la luna, había un círculo de piedras cubiertas de símbolos extraños. Parecía un lugar sagrado.
—Vengan —gruñó el guardián.
El grupo avanzó con cautela, siguiendo las instrucciones. Al llegar al círculo, los guardianes se colocaron alrededor, cerrándolos en un perímetro invisible.
—¿Qué tenemos que hacer? —preguntó Aitor, con la voz tensa.
El guardián que había hablado antes alzó la mano.
—Solo los fuertes sobreviven.
De repente, del bosque surgieron figuras. Pero no eran guardianes. Eran criaturas. Retorcidas, deformadas, hambrientas.
—¡Nos van a hacer pelear! —gritó Jesús, dando un paso atrás.
Rafael sintió que su lado bestial despertaba. La prueba no era solo de fuerza. Era de voluntad, de supervivencia.
Si querían llegar al mar… tendrían que luchar por sus vidas.
Las criaturas salieron despavoridas, huyendo entre los árboles, sus chillidos perdiéndose en la profundidad del bosque. Una vez más, Rafael era nuestro aliado. Nuestro escudo.
Pero el miedo persistía.
¿Qué pasaría si, por defendernos, Rafael terminaba perdiéndose a sí mismo?
Nos habíamos acostumbrado a verlo como mitad humano, mitad bestia. Pero cada vez que se entregaba a su lado salvaje, cada vez que sus garras se hundían en la carne de esas criaturas, nos preguntábamos: ¿Y si un día ya no regresa? ¿Y si un día la bestia gana por completo?
El aire quedó en silencio. Solo el sonido de la respiración entrecortada de Rafael rompía la quietud.
Julián tragó saliva.
—¿Está… está bien?
Rafael seguía de pie, con el pecho subiendo y bajando, su hocico cubierto de sangre negra. Sus ojos brillaban con un fulgor inhumano.
Dio un paso hacia nosotros.
Y en ese momento, todos retrocedimos.
No porque quisiéramos… sino porque, por primera vez, no sabíamos si el Rafael que conocíamos seguía allí.
Entonces, algo cambió en su mirada. Sus pupilas se enfocaron. Su respiración se calmó. Lentamente, sus garras comenzaron a encogerse, su piel a suavizarse, su cuerpo a volver a la forma humana.
Pero no era como antes.
Esta vez… tardó más en regresar.
Se tambaleó, cayendo de rodillas en la nieve. Rosa corrió hacia él, sujetándolo antes de que se desplomara por completo.
—Aquí estoy… sigo aquí —murmuró Rafael, con la voz rasposa, pero humana.
Nos miramos entre nosotros, sin saber qué decir.
La bestia había retrocedido.
Esta vez.
Pero, ¿hasta cuándo?
El camino al mar seguía frente a nosotros. Y con cada paso, la pregunta seguía en el aire:
¿Llegaríamos todos… o perderíamos a Rafael antes de que eso sucediera?
Las criaturas salieron despavoridas, huyendo entre los árboles, sus chillidos perdiéndose en la profundidad del bosque. Una vez más, Rafael era nuestro aliado. Nuestro escudo.
Pero el miedo persistía.
¿Qué pasaría si, por defendernos, Rafael terminaba perdiéndose a sí mismo?
Nos habíamos acostumbrado a verlo como mitad humano, mitad bestia. Pero cada vez que se entregaba a su lado salvaje, cada vez que sus garras se hundían en la carne de esas criaturas, nos preguntábamos: ¿Y si un día ya no regresa? ¿Y si un día la bestia gana por completo?
El aire quedó en silencio. Solo el sonido de la respiración entrecortada de Rafael rompía la quietud.
Julián tragó saliva.
—¿Está… está bien?
Rafael seguía de pie, con el pecho subiendo y bajando, su hocico cubierto de sangre negra. Sus ojos brillaban con un fulgor inhumano.
Dio un paso hacia nosotros.
Y en ese momento, todos retrocedimos.
No porque quisiéramos… sino porque, por primera vez, no sabíamos si el Rafael que conocíamos seguía allí.
Entonces, algo cambió en su mirada. Sus pupilas se enfocaron. Su respiración se calmó. Lentamente, sus garras comenzaron a encogerse, su piel a suavizarse, su cuerpo a volver a la forma humana.
Pero no era como antes.
Esta vez… tardó más en regresar.
Se tambaleó, cayendo de rodillas en la nieve. Rosa corrió hacia él, sujetándolo antes de que se desplomara por completo.
—Aquí estoy… sigo aquí —murmuró Rafael, con la voz rasposa, pero humana.
Nos miramos entre nosotros, sin saber qué decir.
La bestia había retrocedido.
Esta vez.
Pero, ¿hasta cuándo?
El camino al mar seguía frente a nosotros. Y con cada paso, la pregunta seguía en el aire:
¿Llegaríamos todos… o perderíamos a Rafael antes de que eso sucediera?
La decisión estaba tomada. Nos quedaríamos en el claro del bosque, donde los antiguos guardianes nos habían guiado. No sabíamos si era una trampa o una oportunidad, pero no teníamos otra opción.
Rafael estaba agotado. Su transformación lo había dejado débil, más humano que bestia, pero vulnerable. Sabíamos que sin él, no habríamos sobrevivido, así que ahora nos tocaba a nosotros protegerlo.
Los hombres y algunas mujeres se turnarían para hacer guardia. No podíamos darnos el lujo de dormir todos al mismo tiempo. El bosque seguía siendo un misterio, y aunque las criaturas habían huido, no significaba que estuviéramos a salvo.
Cuando la noche cayó por completo, el frío se hizo más intenso. Nos agrupamos alrededor de una pequeña fogata, tratando de mantener el calor sin atraer demasiada atención.
Aitor, con los ojos entrecerrados, observó las piedras del círculo.
—Estas escrituras… —murmuró, pasando la mano por los símbolos tallados—. Si logramos descifrarlas, quizás encontremos una salida.
Ana, que tenía experiencia en historia antigua, se acercó a observarlas.
—No reconozco el idioma, pero algunos símbolos me recuerdan a escrituras prehistóricas.
—¿Prehistóricas? —preguntó Julián, sorprendido—. ¿Quieres decir que esto es de antes de la humanidad moderna?
Ana asintió.
—O quizás… de una humanidad que nunca conocimos.
Las palabras quedaron flotando en el aire.
Claudia abrazó a sus hijos con más fuerza. Jesús miró hacia el bosque, inquieto.
—Sea lo que sea —dijo en voz baja—, tenemos que averiguarlo antes de que sea demasiado tarde.
La noche avanzó lentamente. Cada crujido en la oscuridad nos hacía contener la respiración.
Y, mientras todos dormían por turnos, las piedras parecían susurrar… como si quisieran contarnos su historia.
Los gruñidos retumbaban en la oscuridad, resonando entre los árboles como ecos de una pesadilla. Los ojos inyectados en sangre parpadeaban en la negrura, observándonos, acechándonos. Pero no atacaban de inmediato. Se acercaban y retrocedían.
Era una conducta extraña.
Julián, con las manos temblorosas, apretó su cuchillo.
—Nos están probando… —murmuró Ana, con la voz apenas audible.
—¿Probando para qué? —preguntó Aitor, sin apartar la vista de la oscuridad.
Nadie tenía la respuesta.
Mientras tanto, los niños dormían inquietos, sumidos en sueños que parecían más visiones que simples fantasías. Se agitaban, murmuraban palabras en idiomas que no conocían, y algunos incluso movían las manos como si estuvieran dibujando algo en el aire.
Las piedras… las escrituras… algo en ese lugar estaba despertando en ellos memorias que no eran suyas.
Pero no había tiempo para pensar en eso ahora.
—No disparemos hasta que sea necesario —ordenó Jesús en un susurro, con el arma firmemente sujeta—. No sabemos cuántos son.
El grupo se mantuvo en formación, protegiendo a Rafael y a los niños. La tensión en el aire era sofocante.
De pronto, una de las criaturas aulló con una furia indescriptible.
Los demás respondieron con gruñidos aún más profundos. Algo estaba a punto de suceder.
Y entonces…
Las piedras del círculo comenzaron a brillar.
No con luz, sino con un fulgor extraño, como si las sombras mismas se movieran sobre su superficie. Los símbolos que antes eran meros grabados ahora parecían vibrar, cambiando de forma frente a nuestros ojos.
Las criaturas se detuvieron en seco.
Sus gruñidos se convirtieron en jadeos bajos, confundidos.
¿Qué estaba pasando?
De repente, uno de los niños, Nicolás, el más pequeño, abrió los ojos de golpe.
Y con una voz que no era suya, sino la de algo mucho más antiguo, habló en el idioma de los guardianes.
El pequeño Nicolás, con sus ojos tranquilos y dulces, se acercó a las piedras sin miedo.
Todos lo miramos en silencio, sin atrevernos a movernos. Las criaturas en la oscuridad también parecían dudar. Sus gruñidos se apagaron, como si estuvieran esperando.
Nicolás alzó su manita y la apoyó sobre una de las piedras.
En cuanto la tocó, los símbolos brillaron con más intensidad, cambiando de forma ante nuestros ojos. No era luz… era memoria.
Las escrituras nos estaban mostrando algo.
Vimos un pasado lejano, un mundo diferente.
Una tribu vivía en armonía con la naturaleza, protegiéndola, adorándola. Eran los guardianes originales. Sabían que la tierra tenía un equilibrio, un ciclo que no debía romperse.
Pero un día, los humanos llegaron y lo rompieron.
Vimos cómo los bosques fueron talados, los ríos contaminados, los cielos oscurecidos por el humo. El mundo enfermó.
Y entonces, las criaturas despertaron.
No eran demonios, ni monstruos. Eran la respuesta de la naturaleza a la destrucción. La misma tierra los creó para restaurar el equilibrio.
Pero algo salió mal.
El ciclo se descontroló. Los guardianes antiguos fueron derrotados. Los humanos que no debían ser castigados también cayeron. El mundo se sumió en caos.
La visión terminó.
Nicolás apartó su mano de la piedra y nos miró.
—Nos están dando una oportunidad —susurró, con una voz que no era completamente la suya.
Rafael, aún débil, lo miró fijamente.
—¿Qué oportunidad?
Nicolás se volvió hacia la oscuridad del bosque, donde las criaturas esperaban.
—Para decidir qué clase de humanos queremos ser.
El aire se volvió más frío.
Las criaturas esperaban nuestra decisión.
El grupo sabía que lo que venía a continuación cambiaría el rumbo de sus vidas. Huir o luchar era lo más fácil… pero si había una oportunidad de comunicarse con las criaturas del bosque, debían intentarlo.
Rafael, aún débil, levantó la mirada hacia Nicolás.
—Si pueden entenderte… diles que no queremos más muerte. Que queremos ayudar.
El niño asintió, sin miedo, y volvió a mirar hacia la oscuridad. Las criaturas seguían ahí, observándonos, esperando.
Con su vocecita, Nicolás pronunció palabras en el idioma de los antiguos. No sabíamos qué decía, pero su tono era calmado, casi como una canción.
Entonces, algo increíble sucedió.
De entre los árboles, una de las criaturas avanzó. No corriendo ni atacando, sino caminando con cautela, como si estuviera decidiendo si podía confiar en nosotros.
Era diferente a las demás. Sus ojos, aunque aún inyectados en sangre, no tenían el mismo brillo hambriento. Su cuerpo estaba cubierto de musgo y raíces, como si hubiera nacido del propio bosque.
Nicolás extendió su mano.
El grupo contuvo la respiración.
La criatura se inclinó lentamente… y rozó la mano del niño con sus garras.
Un escalofrío recorrió el aire. Algo había cambiado.
Entonces, Nicolás habló de nuevo, pero esta vez su voz sonó más firme.
—Dicen que Rafael aún puede ser salvado.
Rafael, sorprendido, intentó incorporarse.
—¿Cómo?
Nicolás cerró los ojos, como si escuchara una voz que nadie más podía oír.
—El bosque tiene el remedio. Pero debemos demostrar que somos dignos.
Jesús frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
La criatura se giró hacia el bosque y dejó escapar un gruñido bajo.
Nos estaban invitando a seguirlos.
Era una prueba.
Si queríamos salvar a Rafael… y quizás incluso al mundo… debíamos confiar en ellas.
Pero, ¿seríamos capaces de hacerlo?
El grupo decidió aceptar la prueba.
Si había una oportunidad de ayudar a Rafael… y de entender lo que realmente había ocurrido en el mundo, valía la pena el riesgo.
La criatura, alta y cubierta de musgo, lideraba el camino con pasos silenciosos. Nicolás la seguía sin dudar, como si siempre hubiera sabido a dónde iba. Irene, su madre, caminaba justo detrás de él, con el corazón encogido por el miedo, pero sin atreverse a detenerlo.
El resto del grupo avanzaba en silencio, observando cada sombra, cada crujido del bosque. Aunque las criaturas no los atacaban, la sensación de peligro seguía latente.
Rafael, apoyado en Julián y Rosa, intentaba mantenerse firme. Sentía su cuerpo arder, dividido entre su lado humano y la bestia que crecía dentro de él.
—No sé cuánto más podré resistir… —murmuró con la voz ronca.
—Aguanta un poco más —le susurró Rosa—. Estamos cerca.
Tras lo que parecieron horas caminando entre la espesura, llegaron a un claro diferente a cualquier otro que hubieran visto antes.
El corazón del bosque.
Era un círculo perfecto de árboles gigantes, sus raíces entrelazadas en espirales antiguas. En el centro, un lago de agua negra reflejaba la luna como un espejo roto. Y en sus orillas, más de aquellas criaturas esperaban en silencio.
Nicolás avanzó hasta el agua y miró a Rafael.
—Debes entrar.
Rafael apretó los dientes.
—¿Y qué pasará si lo hago?
Nicolás bajó la mirada, como si estuviera escuchando una respuesta que nadie más podía oír.
—O la bestia desaparece… o te consume por completo.
Un escalofrío recorrió al grupo.
Era una apuesta peligrosa.
Pero Rafael ya no tenía opción.
Se acercó al agua negra, miró su propio reflejo deformado… y dio el primer paso dentro del lago.
El bosque entero contuvo la respiración.
Rafael se hundió en la oscuridad del lago.
El agua fría lo envolvió, tirando de él como si tuviera voluntad propia. No podía ver nada, solo sombras que danzaban a su alrededor.
Dentro de la profundidad, una voz antigua lo llamó.
No era una voz humana. Era el susurro del bosque, el eco de los antiguos guardianes.
—¿Quieres deshacerte de la bestia… o aceptar quién eres?
Rafael intentó responder, pero el agua ahogó sus palabras. Su cuerpo ardía, sintiendo la lucha entre su humanidad y la criatura en su interior.
Imágenes pasaron ante sus ojos.
Vio el momento en que fue arañado, el dolor, el miedo. Vio a sus amigos huyendo, el horror en sus rostros cuando vieron que cambiaba. Pero también vio cómo los había protegido, cómo la bestia en su interior había salvado vidas.
Si la criatura desaparecía… ¿seguiría siendo lo suficientemente fuerte para protegerlos?
En la superficie, Manuel, Rosa, Aitor y Julián no pudieron esperar más. Saltaron al agua negra.
El frío los golpeó como una pared. Bucearon hacia la oscuridad, buscando desesperadamente a Rafael. Pero era como si el lago no tuviera fondo, como si el agua los arrastrara más y más lejos.
Entonces, lo vieron.
Rafael estaba flotando en la profundidad, con los ojos cerrados, suspendido entre la humanidad y la bestia.
Aitor intentó alcanzarlo, pero una corriente invisible los separó.
Algo estaba decidiendo el destino de Rafael.
El grupo luchó por acercarse, pero el agua comenzó a brillar. El lago estaba eligiendo.
Y de repente…
Rafael abrió los ojos.
No eran humanos.
Pero tampoco eran los ojos de una bestia.
Había cambiado.
Y cuando emergió de las profundidades, ya no era el mismo.
Rafael emergió del agua negra, su cuerpo brillando bajo la luna. No era completamente humano, pero tampoco era una bestia.
Se sentía más fuerte, pero también más consciente. Su mente estaba clara, sus sentidos agudizados. Y lo más sorprendente… entendía todo.
Las criaturas del bosque no eran solo depredadores. Eran guardianes, parte de un ciclo roto que ahora intentaba restaurarse.
Las escrituras en las piedras ya no eran un misterio. Sabía lo que decían.
Cuando sus amigos salieron del agua tras él, lo miraron con asombro.
—¿Rafael? —preguntó Rosa con temor.
Él la miró y asintió.
—Soy yo… pero ahora sé lo que debemos hacer.
Nicolás sonrió, como si hubiera sabido el resultado desde el principio.
—El bosque te ha aceptado —dijo el niño.
Las criaturas que antes los acechaban ahora inclinaron sus cabezas en señal de respeto. No eran solo enemigos. Ahora eran aliados.
Rafael cerró los ojos un momento y respiró profundamente.
—Nuestra misión no es solo sobrevivir… es restaurar el equilibrio.
El grupo lo miró en silencio.
La humanidad había roto el mundo. Ahora, ellos tenían la oportunidad de repararlo.
Y la batalla apenas comenzaba.
Rafael asintió, mirando a su grupo con determinación.
—El equilibrio no se restaurará solo. Debemos encontrar la fuente del desastre y detenerlo.
Nicolás, con su sabiduría inesperada, señaló las piedras antiguas.
—Las respuestas están aquí. Debemos entenderlas por completo.
El grupo se acercó a las escrituras. Ahora, con la nueva comprensión de Rafael, las palabras cobraban sentido.
Decían que el mundo había sido contaminado por la avaricia humana. No solo con la destrucción de la naturaleza, sino con la creación de algo prohibido… una enfermedad que alteró el ciclo de la vida.
—Los humanos jugaron a ser dioses —susurró Rosa, estremecida.
Las criaturas del bosque gruñeron en señal de advertencia.
Rafael miró a su alrededor, sintiendo el peso del conocimiento en su interior.
—Si queremos restaurar el equilibrio… debemos encontrar el origen de la plaga.
Jesús frunció el ceño.
—¿Y si está demasiado lejos? ¿Y si no podemos hacer nada?
—No estamos solos —dijo Nicolás con una calma inquietante.
Las criaturas del bosque dieron un paso adelante.
Ellas también querían arreglar lo que estaba roto.
Aitor cruzó los brazos.
—Entonces, ¿por dónde empezamos?
Rafael cerró los ojos y dejó que el conocimiento fluyera dentro de él.
Cuando los abrió de nuevo, ya tenía la respuesta.
—Debemos ir al lugar donde todo comenzó.
El laboratorio donde crearon la plaga.
El grupo contuvo la respiración.
Era una misión peligrosa.
Pero era la única forma de salvar el mundo.
Y el tiempo se acababa.
El grupo sabía que la misión no sería fácil.
El mundo era enorme, y el caos lo cubría todo. No sabían si quedaban ciudades en pie, si otros grupos de supervivientes habían encontrado respuestas.
Pero una cosa era segura: debían empezar la búsqueda.
Alejandro recordó aquella escena en el aeropuerto, personas corriendo desesperadas. En ese momento, lo había visto como una simple emergencia… pero ahora sabía que era el inicio de algo mucho peor.
—Si Japón fue uno de los primeros lugares donde se desató el caos, tal vez la clave esté allí —dijo Alejandro.
—Pero ¿cómo llegamos hasta allí? —preguntó Rosa—. No hay aviones, ni barcos seguros…
Julián miró a Rafael.
—¿Podrías encontrar respuestas en las escrituras? ¿O las criaturas saben algo más?
Rafael cerró los ojos y dejó que la sabiduría del bosque lo guiara.
Las imágenes llegaron a su mente.
Vio instalaciones subterráneas, científicos con trajes sellados, pruebas con sustancias oscuras… y el momento exacto en que algo salió mal.
Pero no era solo en Japón. El origen estaba en varios lugares a la vez.
—No es un solo sitio —dijo Rafael con voz grave—. Hubo varios laboratorios trabajando en lo mismo. España es uno de esos lugares.
El grupo se quedó en silencio.
—Entonces… ¿podemos empezar aquí? —preguntó Manuel.
Rafael asintió.
—Sí. Y debemos hacerlo pronto.
Las criaturas del bosque gruñeron suavemente, como si confirmaran su decisión.
La misión estaba clara: encontrar el laboratorio en España donde comenzó todo.
Y con suerte… encontrar la manera de detenerlo antes de que fuera demasiado tarde.
El grupo se preparó para dejar el bosque.
Las revelaciones sobre España los habían dejado inquietos. Su propio país había sido parte del desastre.
¿Cómo era posible que existieran humanos capaces de desatar semejante destrucción? ¿Fue un accidente… o alguien lo hizo a propósito?
Las criaturas del bosque los rodearon en silencio, observándolos con respeto. Los antiguos los habían guiado, pero ahora su misión estaba fuera del bosque.
Rafael se adelantó y tocó una de las piedras sagradas. Sintió un último mensaje en su mente.
"El equilibrio debe ser restaurado. No todos los humanos son culpables… pero algunos deben ser detenidos."
Respiró hondo y se giró hacia los demás.
—Es hora de irnos.
Uno a uno, tomaron sus mochilas y armas improvisadas. Se despidieron de los antiguos con una reverencia silenciosa, agradeciendo la ayuda del bosque.
El viaje comenzaba ahora.
Debían encontrar el laboratorio en España, descubrir la verdad y, si era posible… detener lo que aún estuviera destruyendo el mundo.
Pero al salir del bosque, se dieron cuenta de que no sería fácil.
El mundo exterior era un caos total.
Ciudades en ruinas. Carreteras infestadas de criaturas. Y en la distancia… el sonido de algo mucho peor acercándose.
No estaban solos en esta misión.
Y alguien más no quería que descubrieran la verdad.
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