vuelta atrás
El grupo avanzaba con cautela por las carreteras en ruinas.
Sabían que el camino no sería fácil, pero la necesidad de respuestas los impulsaba a seguir adelante.
Nicolás no se separaba de Rafael. El niño parecía comprenderlo de una manera que nadie más podía. A pesar de su corta edad, sabía cosas que los demás aún estaban descubriendo.
Jordi, Julen y los hijos de Julián, algunos ya adultos, formaban un grupo fuerte y unido. Entre bromas y estrategias de defensa, se cuidaban unos a otros.
Josefa, aunque mayor, se sentía agradecida por tener más tiempo con su familia. No quería ser una carga, así que hacía todo lo posible por ayudar. **Cocinar, organizar provisiones, incluso vigilar cuando era necesario
Sabían que se encontrarían con grandes obstáculos , pero necesitaban urgentemente saber donde empezó todo .
Nicolas no se separaba de Rafael, parecía que se entendí a la perfección.
Jordi y Julen junto con los hijos de Julián algunos ya veinteañeros disfrutaba de la compañía y unos a otros se defendían, firmaba un grupo bien llevado.
Josefa estaba feliz de tener un tiempo más a su familia. No quería ser un estorbo .
El grupo avanzaba con cautela por las carreteras en ruinas.
Sabían que el camino no sería fácil, pero la necesidad de respuestas los impulsaba a seguir adelante.
Nicolás no se separaba de Rafael. El niño parecía comprenderlo de una manera que nadie más podía. A pesar de su corta edad, sabía cosas que los demás aún estaban descubriendo.
Jordi, Julen y los hijos de Julián, algunos ya adultos, formaban un grupo fuerte y unido. Entre bromas y estrategias de defensa, se cuidaban unos a otros.
Josefa, aunque mayor, se sentía agradecida por tener más tiempo con su familia. No quería ser una carga, así que hacía todo lo posible por ayudar. Cocinar, organizar provisiones, incluso vigilar cuando era necesario.
La primera noche fuera del bosque fue difícil.
El silencio de la naturaleza había sido reemplazado por ruidos inquietantes en la distancia. Criaturas moviéndose entre las sombras, rastreándolos.
Pero lo que más preocupaba a Rafael no eran las criaturas.
Había huellas humanas cerca de su campamento.
—No estamos solos —susurró.
El grupo se tensó.
Si había más sobrevivientes, podrían ser aliados… o un nuevo peligro.
De quienes eran esas pisadas que estaban tan cerca de su campamento? Serían amigos o enemigos se preguntaban todos? Había que investigar y salir de la duda dejó Natalia, Claudia comentó que podía estar engañandoles , podían pisar arevez para que pensarán que se iban y estar más cerca de lo que ellos pensaban. Aito comentó que la única forma de comprobarlo era siguiendo las huellas pero con mucha precaución, detrás estaba el bosque que por el momento lo custodiaban los antiguos, las criaturas estaban por todos los lados, los peligros eran reales, así que a no ser que fuera cómo Rafael lo tenía crudo.
El grupo decidió moverse con extrema precaución. No podían arriesgarse a caer en una trampa.
Aitor lideró la marcha, seguido de Julián y Rafael. Natalia y Claudia avanzaban en los flancos, atentas a cualquier movimiento sospechoso.
Las huellas eran extrañas.
Algunas parecían humanas… pero otras eran más grandes, más pesadas.
—No son solo personas —susurró Rafael, su voz llena de alerta—. Hay algo más con ellas.
El grupo intercambió miradas tensas. ¿Criaturas? ¿O algo peor?
Siguieron las pisadas hasta un claro entre las ruinas de un antiguo pueblo. Había señales de un campamento reciente.
Fuego apagado. Restos de comida. Y marcas de lucha.
—Aquí hubo una pelea —murmuró Julián.
—¿Pero quién contra quién? —preguntó Natalia.
De repente, un sonido los hizo girar en alerta.
Un quejido bajo, un susurro de dolor.
Rafael avanzó sin miedo y encontró a un hombre herido, escondido entre los escombros.
Su ropa estaba rasgada, su piel sucia y cubierta de cortes. Pero lo más impactante… eran sus ojos.
Brillaban con un leve resplandor azul.
No era una criatura.
Pero tampoco era completamente humano.
El grupo lo rodeó con cautela.
—¿Quién eres? —preguntó Aitor, apuntándolo con un arma improvisada.
El hombre jadeó, su voz ronca por la sed y el cansancio.
—Me llamo Darío… y sé dónde comenzó todo.
El grupo contuvo la respiración.
Acababan de encontrar la pista que necesitaban.
Pero… ¿podían confiar en él?
Con cautela le preguntó Aitor qué donde empezó todo que era urgente averiguarlo. Que el ser humano no podía terminar así, que ya se había perdido muchas vidas
Darío respiró hondo, luchando por mantenerse consciente. Su cuerpo estaba al límite.
—Todo… comenzó en varios puntos del mundo —dijo con voz rasposa—. Pero en España… hubo un laboratorio en el norte… en las montañas. Ahí… se hicieron experimentos con algo que no entendían.
El grupo se miró entre sí.
—¿Qué tipo de experimentos? —preguntó Claudia, sintiendo un escalofrío.
Darío cerró los ojos por un momento, como si recordar le causara dolor.
—Jugaban con… la vida misma. Buscaban… regeneración, inmunidad… pero algo salió mal. Crearon… algo que no deberían haber creado.
—¿Y tú? —preguntó Rafael, su voz más profunda, casi gutural—. ¿Por qué tienes esos ojos?
Darío esbozó una sonrisa débil.
—Porque yo… fui uno de los experimentos.
El silencio cayó como un peso sobre el grupo.
Ahora tenían una pista concreta: un laboratorio en las montañas del norte de España.
Pero también un dilema:
¿Podían confiar en Darío?
Si decía la verdad, podía guiarlos hasta el origen de la catástrofe.
Pero si mentía… podría ser una trampa mortal.
—Tenemos que decidir rápido —dijo Julián—. Si ese lugar existe, tenemos que llegar antes de que sea demasiado tarde.
Todos asintieron.
Pero en la oscuridad, algo los observaba.
Y no estaban seguros de que tendrían tiempo suficiente.
Ayudaron a Dario , no podían dejarlo morir de sed y hambre. No sabía por el momento sí decía la verdad o era una trampa , lo que sí tenían claro era que lo ayudarían. Cuando se repuso un poco salieron al camino para continuar el viaje. Jordi apuntó que le había parecido ver algo en las sombras agazapado. Los drones no tenían batería así que no pudieron sacarlos . Empezaron a caminar pero Rafael dándole a Irene a Nicolás se colocó al final de todos para guardar la retaguardia.
El grupo avanzó con cautela, sintiendo el peso de las sombras a su alrededor. Algo los estaba siguiendo.
Jordi no quitaba la vista de los rincones oscuros del camino. Había visto algo… pero qué era, aún no lo sabía.
Los drones sin batería eran un problema. No podían vigilar desde el aire, ni anticipar peligros.
Darío, aún débil, caminaba con esfuerzo. Agradecía la ayuda, pero su expresión era sombría.
—Si nos están siguiendo… —murmuró—, puede que no sean solo criaturas.
El grupo se detuvo.
—¿A qué te refieres? —preguntó Aitor, estrechando los ojos.
Darío tragó saliva.
—Hay… gente que no quiere que lleguemos al laboratorio. No todas las criaturas son salvajes. Algunas están organizadas… y otras… aún piensan como humanos.
El aire se volvió denso.
—¿Estás diciendo que hay…criaturas inteligentes? —preguntó Claudia con incredulidad.
Darío asintió lentamente.
—Sí. Y no les va a gustar que estemos aquí.
El grupo intercambió miradas tensas.
Si los estaban siguiendo, podían ser esas criaturas.
Y si eso era cierto… el peligro que enfrentaban era aún peor de lo que habían imaginado.
Rafael sintió un escalofrío recorrer su espalda. Giró lentamente la cabeza y allí, en la penumbra del camino, lo vio.
Ojos brillantes. Observando. Calculando. Esperando.
La cacería había comenzado.
Nicolás soltó la mano de su madre y se fue junto a su abuela Josefa. Abu no tengas miedo yo te protegere. Josefa lo abrazó y una sonrisa se dibujos en sus labios. Cogiendo al pequeño Nicolás lo abrazó y le dijo y yo te protegere a ti. Todos estaban en alerta máxima más con lo que había escuchado antes. Cómo tenían que volver por el mismo camino para volver al norte se dirigieron a la finca para ver sí el camión seguía allí y descansar un poco dentro de la casona , con sus muros de piedra y esa alambrada eléctrica que al menos retengan a las criaturas
El grupo avanzó con cautela, cada sonido en la noche parecía amplificarse. Sabían que algo los acechaba, pero no podían permitirse el pánico.
Cuando divisaron la finca a lo lejos, un suspiro de alivio recorrió a todos.
—Si el camión sigue ahí, podremos avanzar más rápido —dijo Julián, apretando el paso.
Rafael, en la retaguardia, seguía sintiendo esas miradas en la oscuridad.
Al llegar a la entrada de la finca, encontraron la alambrada intacta, pero… la puerta de la casona estaba entreabierta.
—Eso no es buena señal —susurró Claudia.
Aitor levantó su arma improvisada y miró a Rafael.
—¿Puedes sentir algo?
Rafael cerró los ojos y agudizó sus sentidos. Un gruñido bajo escapó de su garganta.
—No estamos solos.
El grupo se tensó.
Jordi intentó ver el camión desde la entrada, pero la oscuridad lo envolvía todo. Si había algo dentro, no lo sabrían hasta que entraran.
Josefa apretó la mano de Nicolás.
—Pase lo que pase, nos quedamos juntos —le susurró.
El pequeño asintió con seriedad.
El grupo tenía que decidir.
¿Entraban a la casona a investigar, arriesgándose a una emboscada?
¿O intentaban recuperar el camión sin entrar?
Cualquier movimiento en falso podría costarles la vida.
Ya no había marcha atrás, si tenían que luchar, lucharian, necesitamos un lugar seguro donde poder pasar la noche y descansar un poco. Dijeron los hombres. No sabían a que se habían a enfrentar pero ya no podíamos retroceder.
Aitor tomó aire y dio el primer paso hacia la casona, seguido de Julián y Rafael, quien, a pesar de su agotamiento, se mantenía alerta, listo para luchar.
El resto del grupo esperó afuera, protegiendo a los más vulnerables. Los niños estaban en el centro del círculo, rodeados por los adultos armados con lo que tenían a mano.
Al entrar, el aire estaba denso, con un leve olor a humedad y… ¿sangre?
—Esto no me gusta… —murmuró Julián.
Rafael avanzó más rápido, su instinto le gritaba que algo estaba mal.
Y entonces lo vieron.
Marcas en las paredes. Arañazos profundos, como si algo hubiese intentado entrar… o salir.
Sillas volcadas, sangre seca en el suelo.
Pero lo peor era el silencio.
Demasiado silencio.
Aitor sintió un escalofrío.
—Alguien o algo estuvo aquí… pero ¿dónde está ahora?
Justo entonces, un ruido en la planta superior los congeló.
Un arrastrar de pies… y una respiración pesada.
Rafael gruñó bajo.
—No estamos solos.
El grupo afuera sintió el cambio en la atmósfera. Natalia apretó la mano de Claudia, y Josefa abrazó más fuerte a Nicolás.
Jordi, que estaba vigilando, susurró:
—Creo que… hay algo moviéndose en los árboles.
Los latidos de todos se aceleraron.
Adentro y afuera… algo se acercaba.
Y sabían que, esta vez, no habría escapatoria sin luchar.
Julen abrazó a su abuela Josefa , el todavía era un niño para sufrir y tener tanto miedo. Claudia, Natalia e Irene se pusieron cerca de su madre Josefa para proteger a los niños y a ella. Los hombres y los jovencitos hicieron un círculo perfecto por sí tenían que luchar mirando en todas direcciones. Cuando de pronto una voz retumbado en el silencio
La voz era profunda, gutural, como si viniera de todas partes y de ninguna al mismo tiempo.
—No debieron regresar…
El grupo se tensó. ¿Quién estaba hablando?
Rafael afiló la mirada, sus sentidos de bestia intentando captar de dónde venía la voz.
Aitor apretó los puños.
—¿Quién eres? ¡Muéstrate!
El silencio se hizo pesado otra vez. Y luego… un crujido en la escalera.
Los escalones rechinaron bajo el peso de algo que descendía lentamente.
Entonces lo vieron.
Era humano… o al menos, lo había sido alguna vez.
Su piel era grisácea, sus ojos brillaban con una inteligencia cruel, y su boca se curvó en una sonrisa que puso los pelos de punta a todos.
—¿De verdad creen que aún hay algo que salvar? —susurró, con un tono burlón—. El mundo ya cambió. Ustedes son los que no pertenecen aquí.
Aitor dio un paso adelante.
—Todavía no hemos perdido.
El ser inclinó la cabeza, observándolos.
—Tal vez no… pero veremos cuánto resisten.
Y entonces, se escuchó un rugido desde el bosque.
Las sombras se movieron. Algo más los estaba rodeando.
La batalla estaba a punto de comenzar.
Darío con un susurro en la voz, pidió agua, antes de empezar a beberla, agarrando la mano de Julen le dijo - guarda éste pen raí que no caiga en manos de nadie, aquí están las coordenadas del laboratorio dónde empezó todo. Acto seguido se tomó la botella entera de agua. La trasformación fue rápida dejando al grupo asustado. Más qué saltó, diría que voló dejando el círculo . La duda era si nos iba a ayudar o todo lo contrario.
Julen apretó el pendrive contra su pecho, sintiendo el peso de la responsabilidad. ¿Por qué Darío se lo había dado a él?
Todos quedaron en shock al ver la transformación. Los ojos de Darío brillaban con un fulgor extraño mientras desaparecía en la oscuridad.
—¿Creen que nos ayudará? —susurró Claudia, con la mirada fija en la negrura del bosque.
Rafael gruñó, todavía en alerta.
—No lo sé… pero si tiene las coordenadas, necesitamos ese pendrive a toda costa.
Aitor miró a Julen con seriedad.
—Guárdalo bien. Pase lo que pase, no lo pierdas.
El chico asintió con determinación.
Pero antes de que pudieran planear su siguiente movimiento, un sonido estremecedor llenó el aire.
Un alarido inhumano.
Venía del bosque.
Y no estaban seguros de si era Darío… o algo peor que venía hacia ellos.
De repente todo cambió, lo que hubiera en la casona saltó por la ventana huyendo entre las sombras. Todo quedó en silencio absoluto . El pánico se reflejaba en el aire. Rafael dijo con voz firme, todos adentro y cerrar bien puerta y ventanas, buscar mesas , armarios para reforzar las puertas y ventanas. No hacer ruido y descansar hasta que amanezca. Todos corrían hacia la casona para refugiarse y protegerse de lo que hubiera entre ellos y la casona, por el momento era el único refugio que había.
Dentro de la casona, el aire se sentía denso, cargado de miedo y tensión.
Los hombres arrastraron muebles pesados contra las puertas y ventanas, creando barricadas con lo que pudieron encontrar. Nadie hablaba, pero todos se movían rápido, con la urgencia de quien sabe que el peligro acecha.
Josefa abrazó a Julen y Nicolás, susurrando palabras de calma aunque su corazón latía con fuerza.
Rafael se quedó junto a la puerta, escuchando. Su mitad bestia percibía lo que los demás no podían.
—No estamos solos… algo nos observa.
Las palabras hicieron que Claudia apretara la mano de Natalia.
Aitor sacó un cuchillo y lo sostuvo con firmeza.
—Que vengan… si entran, pelearemos.
Pero entonces, un golpe sacudió la puerta.
No un golpe fuerte… sino un toque ligero, casi educado.
TOC, TOC, TOC.
El silencio se volvió insoportable.
Y luego, una voz. La misma que antes, la del ser que descendió por la escalera.
—¿Van a dejarme afuera? Eso no es muy amable.
Rafael preguntó quien eres? Que pretende? Porque nos amenazaste? Por miedo respondió la voz. Nicolas fue hacia la puerta para abrirla, pero no alcanzaba a la manilla. Rafael fue y con sólo una mirada se entendieron. La puerta empezó a abrirse y
Entró una figura alta, envuelta en sombras, con los ojos brillando en la penumbra.
El grupo retrocedió instintivamente, pero Nicolás se quedó firme, observando con inocencia y curiosidad.
El extraño avanzó con calma, sin mostrar agresión. Su piel pálida tenía cicatrices extrañas, como si hubiera sobrevivido a algo inimaginable.
—No quería amenazarlos —dijo con voz ronca—. Quería probar su reacción.
Rafael se mantuvo alerta.
—¿Para qué?
El hombre sonrió levemente.
—Porque necesitaba saber si aún quedaba humanidad en ustedes… y parece que sí.
Aitor cruzó los brazos, desconfiado.
—¿Quién eres?
El extraño suspiró, como si esa pregunta lo cansara.
—Me llamaban Elías… antes de que el mundo cambiara.
El silencio cayó sobre la casona. Nadie sabía si confiar en él.
Pero Nicolás dio un paso adelante, sin miedo.
—Tú también quieres arreglar el mundo, ¿verdad?
Elías se quedó mirándolo fijamente.
Y luego, asintió.
Tenéis que descansar vuestras resistencia está al límite y así no podéis continuar, seréis blanco fácil. Rafael y yo haremos las guardias. Todos se acomodaron y el sueño los venció enseguida. Fue una noche llena de pesadillas. Pero al menos pudieron dormir un poco. Por la mañana
Por la mañana, el frío aún se aferraba a la casona. La luz del amanecer se filtraba tímidamente por las rendijas de las ventanas bloqueadas.
Uno a uno, fueron despertando, todavía con el peso de las pesadillas en sus mentes.
Rafael y Elías seguían en sus posiciones, en silencio, vigilando.
Cuando todos estuvieron en pie, Aitor se frotó el rostro con cansancio y habló:
—Tenemos que decidir nuestro siguiente movimiento. No podemos quedarnos aquí.
Julen sacó el pen drive que Darío le había dado.
—Si esto realmente contiene las coordenadas del laboratorio donde empezó todo, tenemos que llegar hasta allí.
Alejandro asintió.
—Pero sigue la misma pregunta… ¿dónde está?
Elías se cruzó de brazos y habló con seguridad:
—Yo sé cómo encontrarlo.
Todas las miradas se posaron en él.
Rafael lo estudió con desconfianza.
—¿Por qué habrías de ayudarnos?
Elías sonrió con tristeza.
—Porque yo estuve allí cuando todo comenzó.
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