Borja

Aquella mañana sonó el teléfono. Era un mensaje de Borja.

—¿Me harías un favor? ¿Podrías cocer unos huevos y preparármelos rellenos de atún?

Sonreí. Me hizo gracia que me pidiera algo tan sencillo. No era un gran favor, solo unos huevos rellenos. Pensé que tendría antojo y, sin darle más importancia, le contesté que sí.

Si alguien me preguntara quién es Borja, diría que es un vecino. Pero esa respuesta se quedaría muy corta. Con el paso de los años dejó de ser el vecino del portal para convertirse en un buen amigo, de esos que llegan sin hacer ruido y terminan ocupando un lugar importante en el corazón. De esos amigos a los que se quiere sin condiciones.

Lo difícil no fue el favor que me pidió.

Lo difícil fue lo que vino después.

Con una serenidad que me estremeció, me confesó que había solicitado la eutanasia. Ya había presentado toda la documentación en el hospital. Después me pidió una sola cosa:

—Respeta mi decisión.

Sentí que el corazón se me rompía en mil pedazos.

No porque no comprendiera su sufrimiento. Al contrario. Lo entendía mucho más de lo que él imaginaba.

Borja apenas había cumplido los cuarenta y tantos cuando un accidente cambió su vida para siempre. Desde entonces vive en una silla de ruedas. Puede hacer algunas cosas por sí mismo, pero necesita ayuda para ducharse, para acostarse, para muchas de esas tareas cotidianas que antes ni siquiera pensaba.

Lo más duro, sin embargo, no era la falta de movilidad.

Era la soledad.

Vivía solo. Hacía poco que se había separado de su mujer y llevaba cuatro años sin ver a su hija. Cada vez que hablaba de ella, una tristeza inmensa se reflejaba en sus ojos. Era un dolor silencioso, de esos que no hacen ruido, pero que desgastan el alma día tras día.

Aun así, Borja no estaba completamente solo.

Nos tenía a nosotros.

A Irene, mi hija, a la que siempre llamaba con cariño «mi rubia». Y a Nicolás, mi nieto, que lo adoraba con esa forma tan limpia y sincera de querer que tienen los niños. Cuando Nicolás estaba con él, parecía olvidarse durante un rato de todo el peso que llevaba sobre los hombros.

También tenía otros amigos. Personas que lo apreciaban y que, de un modo u otro, formaban parte de su vida. Saberlo me daba un poco de consuelo. Nadie debería recorrer un camino tan difícil sin sentir el calor de quienes lo quieren.

Mientras preparaba aquellos huevos rellenos de atún comprendí que no estaba cocinando solo una comida.

Estaba poniendo cariño donde el dolor había encontrado un hogar.

Cada huevo relleno llevaba un pedacito de afecto, de gratitud por su amistad y de respeto por un hombre que había luchado mucho más de lo que la mayoría llegaremos a imaginar.

Aquel día entendí que la amistad no siempre consiste en encontrar las palabras adecuadas ni en cambiar el rumbo de la vida de alguien.

A veces consiste, simplemente, en estar.

En escuchar.

En respetar.

Y en preparar unos humildes huevos rellenos para un amigo que, incluso en uno de los momentos más difíciles de su vida, seguía adelante con una dignidad admirable 
No podía más.

La decisión de Borja me había dejado el alma rota. Intentaba comprenderla, respetarla, incluso aceptarla, pero el corazón iba por un camino distinto al de la razón.

Y, sin querer, mi memoria me llevó hasta Flavia.

Una de las últimas conversaciones que tuve con ella quedó grabada para siempre.

—No entiendo a las personas que se quitan la vida.

Al principio había dicho «las odio», pero enseguida rectificó. No era odio. Era incomprensión.

Ella sabía lo que había supuesto para mí el suicidio de Jesús. Conocía el vacío, la culpa, las preguntas sin respuesta y la profunda herida que dejó en quienes lo queríamos.

Flavia era una mujer extraordinaria.

Trabajadora hasta el extremo, luchadora, con un carácter fuerte que muchas veces hacía pensar que era una persona seria. Sin embargo, quienes tuvimos la suerte de conocerla sabíamos que detrás de aquella apariencia había una mujer alegre, optimista y llena de ganas de vivir.

Pero la vida fue cruel con ella.

Le diagnosticaron un cáncer de células blancas cuando la enfermedad ya estaba muy avanzada.

Nunca olvidaré cómo luchó.

Quería volver a trabajar. Soñaba con recuperar su vida. Nunca dejó de pelear.

Yo estuve a su lado siempre que pude. La acompañé en operaciones, en ingresos hospitalarios y en su casa. Quería que sintiera que no estaba sola.

Hasta que llegó su hermana desde Chile.

Fue entonces cuando mi propio cuerpo dijo basta.

Los músculos dejaron de responderme. Apenas podía caminar. El dolor era insoportable.

No sé si fue el lupus o el enorme desgaste emocional acumulado. Lo único que sé es que mi cuerpo gritó lo que yo me negaba a reconocer: también tenía un límite.

Una noche sonó el teléfono.

Eran las compañeras del piso donde vivía Flavia.

—María, por favor, ven. Flavia está muy mal.

Sentí una angustia inmensa.

—¿Cómo voy? La carretera de Extremadura está toda levantada y no conozco otra ruta.

Entonces hablé con Jessica.

—Llama a una ambulancia, por favor.

—María, Flavia no quiere llamar a nadie.

—¿Y qué más da lo que diga ahora? Llámala igualmente.

Después se puso Claudia.

—María, Flavia está muy mal. Dice que quiere esperar a su padre, que llega el sábado. 

—Claudia, por favor, llama a una ambulancia. No importa que ella diga que no.

Al final consiguieron convencerla para ir al hospital.

Pidieron un taxi.

Claudia pasó toda la noche a su lado.

Las noticias no eran buenas.

Yo no pude ir. Aquellos días estaba cuidando de Nicolás y mi propio estado físico apenas me permitía moverme.

A la mañana siguiente salí hacia el Hospital Carlos III.

Mientras recorría el camino, una parte de mí seguía aferrándose a la esperanza.

Pero al entrar en la habitación comprendí que la realidad era mucho más dura.

Flavia estaba fría.

Muy fría.

Poco después habló con nosotros el médico.

Las palabras fueron cayendo una tras otra como piedras.

Fallo multiorgánico.

Los riñones habían dejado de funcionar.

Ya no había nada que hacer.

Me quedé inmóvil.

A veces la vida nos obliga a despedirnos de quienes más admiramos.

Y duele.

Duele porque Flavia quería vivir.

Luchó hasta el último instante.

Por eso, cuando hoy pienso en Borja, mi corazón se rompe de una forma distinta. Veo a dos personas buenas enfrentándose a un sufrimiento inmenso, pero desde lugares completamente diferentes. Una luchó con todas sus fuerzas por seguir viviendo. El otro, después de años de dolor, ha tomado una decisión que me cuesta aceptar, aunque la respete.

Quizá nunca llegue a comprender del todo ninguno de los dos caminos.

Lo único que sé es que ambos dejan una huella imborrable en mi vida.

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