deriva

Hay días en los que la vida te deja a la deriva. No porque hayas dejado de remar, sino porque la corriente es más fuerte que tus brazos.
¿Quién no se ha encontrado alguna vez sin saber hacia dónde ir? Mirando un camino y después otro, sintiendo que cualquier decisión pesa demasiado.
Dicen que «querer es poder». Es una frase bonita. Da esperanza. Pero también puede convertirse en una carga para quien lo está dando todo y, aun así, no puede más.
Porque querer y poder no siempre son la misma cosa.
Se puede querer vivir y estar roto por dentro. Se puede querer olvidar y que el dolor siga aferrado al alma. Se puede querer levantarse y que el cuerpo o las circunstancias no respondan.
Cuando confundimos el deseo con la capacidad, corremos el riesgo de juzgar a quien está librando una batalla que no vemos.
Quizá habría que cambiar esa frase por otra más humana: «Querer es el principio, pero no siempre basta para poder».
A veces, para poder, hace falta tiempo. Hace falta una mano tendida, una palabra sincera, un abrazo silencioso o simplemente alguien que permanezca a tu lado sin exigirte que seas fuerte.
No todas las personas llegan al mismo puerto con el mismo viento. Hay quienes navegan en aguas tranquilas y quienes sobreviven cada día a una tormenta.
Por eso, antes de decirle a alguien que querer es poder, tal vez deberíamos preguntarle cuánto tiempo lleva luchando contra la corriente.
Solo entonces comprenderemos que hay personas que no han dejado de querer. Lo que ocurre es que llevan demasiado tiempo intentando no hundirse.

Irene necesitaba encontrar su propio camino, aunque no siempre se dejaba ayudar. No todas las mentes funcionan de la misma manera. Hay personas a las que les cuesta aceptar que un no también es una forma de aprender, de crecer y de enfrentarse a la vida.
Desde las primeras horas de la noche no había dejado de llamar a su madre.
—Mamá, ¿a qué hora vas a venir? ¿Por dónde estás?
—Hija, acabo de salir con Elena. Ya vamos de camino a Madrid.
—Pero... ¿a qué hora vas a llegar?
—No lo sé, Irene. La noche es joven —respondió María con una sonrisa.
Al colgar, María suspiró.
«Ni un solo día me deja desconectar. Dios mío, qué intensa es», pensó, aunque en el fondo sabía que aquella insistencia nacía más de la necesidad que del capricho.
Elena, que había presenciado toda la conversación, negó con la cabeza.
—No le cojas más el teléfono. Está con su hijo, no está sola. Y, por una noche que consigo convencerte para salir, relajarte y disfrutar un poco, ya ha llamado varias veces. También tienes derecho a vivir tu vida.
María guardó el teléfono en el bolso, pero su corazón siguió dividido. Una parte quería reír, bailar y sentirse libre por unas horas; la otra seguía siendo madre, pendiente de una hija que aún no había aprendido a caminar con seguridad cuando ella no estaba cerca.


Llegaron a una discoteca pequeña; más bien, María diría que era un bar de copas donde también se podía bailar y disfrutar durante unas horas. Desde las nueve de la noche hasta la una de la madrugada estaba reservado para personas de cuarenta años en adelante. A partir de la una cambiaban la música y comenzaban a llegar los más jóvenes.
—Buen negocio —pensó María.
El ambiente era agradable. Con la entrada tenían derecho a dos consumiciones si elegían bebidas sin alcohol. Hacia las doce, los camareros empezaban a recorrer el local ofreciendo pequeños bocados: bocadillos, tortilla, empanadas, perritos calientes, palmeras de hojaldre y otros dulces.
—¡Dios mío! —exclamó María mientras se dejaba caer en una silla—. No he salido de la pista de baile en toda la noche. Estoy empapada en sudor, parece que acabo de salir de la ducha.
Elena la miró y soltó una carcajada.
—Es verdad. Tienes el pelo completamente mojado.
—No sé por qué sudo tanto últimamente. En gimnasia me pasa igual. Voy a tener que preguntárselo al médico; antes no me ocurría.
Fue una de esas noches sencillas que, sin saber muy bien por qué, terminan convirtiéndose en un bonito recuerdo.
Al salir del local, María sacó el teléfono del bolso y vio varias llamadas perdidas.
—Tienes un montón de mensajes de Irene —dijo Elena.
María abrió WhatsApp.
«Jolines, mamá, ¿a qué hora vas a venir? ¿Por qué no coges el teléfono?»
María respiró hondo antes de responder.
«Hija, cuando tú sales, yo no te molesto, a no ser que Nicolás te necesite.»
Elena volvió a negar con la cabeza.
—¿Otra vez Irene? Dile que te deje tranquila. Tú también tienes derecho a disfrutar, a salir y a vivir un poco para ti.
María guardó el teléfono sin responder nada más. Sabía que Elena tenía parte de razón, pero también comprendía que Irene no actuaba por maldad. A veces, el miedo a quedarse sola habla más alto que las palabras, y aprender a soltar también forma parte del camino hacia la madurez.

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