fútbol
María siempre había pensado que había un dicho muy cierto: en la mesa y en el juego se conoce la educación.
No juzgaba a todo un país por la actitud de unos cuantos jugadores. Sería injusto. Pero aquella final le dejó un sabor amargo. A su juicio, el árbitro fue demasiado permisivo con varias entradas muy duras y, además, anuló un gol que para ella era completamente legal.
También le dio la impresión de que algunos futbolistas argentinos jugaron con una dureza excesiva, rozando por momentos el límite de lo permitido. Ver a los jugadores españoles recibir una y otra vez esas entradas le resultó indignante.
—Eso no es deportividad —murmuró mientras el partido llegaba a su fin.
Aun así, España no perdió la compostura. Siguió jugando al fútbol, con respeto por el rival y confianza en sus posibilidades. Y cuando sonó el pitido final, María sonrió con orgullo. Había ganado la selección española, pero, sobre todo, había ganado el fútbol que ella admiraba: el que se juega con talento, esfuerzo y respeto.
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