la playa.


Hacía más de cinco años que no iba al mar. Estaba cansada de no tener vacaciones, de no disfrutar de esa maravillosa sensación del olor a sal, de volver a las raíces de su ser, de escuchar el agradable murmullo de las olas.
Siempre había vivido cerca del agua, del océano y del mar. Sin embargo, esta vez le había tocado el secano y, sin quererlo, terminó acostumbrándose a aquel calor seco que, al principio, creyó que no le permitiría volver a respirar con normalidad.
Aun así, en el fondo de su corazón seguía latiendo el recuerdo del mar. Sabía que bastaría con volver a contemplar el horizonte azul y dejar que la brisa salada acariciara su rostro para sentirse, una vez más, en casa.
La playa estaba a rebosar. Los niños saltaban al compás de las olas mientras sus risas se mezclaban con el rumor del mar. Las familias jugaban a las cartas bajo las sombrillas, compartían bocadillos de tortilla y disfrutaban del día sin prisas. Había sombrillas por doquier, formando un mosaico de colores sobre la arena.
A ella siempre le había gustado la playa cuando estaba casi vacía, en esos momentos en los que solo se escuchaban las olas y el viento. Sin embargo, después de tanto tiempo sin volver a pisar la arena, aquella playa llena de vida también le agradó. Le hizo sentir que, de algún modo, ella también regresaba a un lugar que nunca había dejado de pertenecerle.
Parecía que, por una vez, la vida le había concedido un pequeño, pero agradable respiro.
Mañana tocaría visitar Portugal. Tenía muchas ganas de ir, pero eso sería mañana, pensó María. Hoy quería disfrutar de aquella tarde tranquila, de esa hora mágica en la que los nietos reían y jugaban sin preocupaciones, mientras a su alrededor solo se respiraba paz.
Qué fácil era encontrar la alegría en los pequeños detalles. A menudo buscamos la felicidad en otras personas o en grandes acontecimientos, cuando, en realidad, muchas veces está dentro de uno mismo y en esos pequeños placeres cotidianos que, sin hacer ruido, son los que marcan la diferencia y dan sentido a la vida.
Aprovechó el momento para escribir unas cuantas líneas mientras Natalia leía un libro en la hamaca de al lado.
Qué bien se vivía sin más preocupaciones que dejar pasar el tiempo, escuchando el rumor del mar, sintiendo la brisa en el rostro y disfrutando de la compañía de quienes más quería. A veces, la felicidad consistía simplemente en detenerse y saborear esos instantes que, sin hacer ruido, terminaban convirtiéndose en los recuerdos más valiosos..
Durante unos días quedaban atrás las preocupaciones. Ya habría tiempo para que regresaran. Hoy era un día para ella, para disfrutar de aquel momento inolvidable, con la esperanza de que pudiera repetirse muchas veces más.
—¡Rin, rin, rin! —sonó el teléfono.
Era Claudia.
—Hola, mamá. ¿Qué tal estáis? ¿Cómo se encuentran los niños?
—Bien, aunque quieren que les dejemos salir solos a la calle.
—Bueno, mamá, ya son mayores. Puedes dejarles salir un rato.
—Hija, es que no conocen el pueblo ni a nadie aquí... Ya sabes que soy muy miedica y no me fío.
—No seas tan preocupona, mamá. Déjalos ir un rato. Son niños responsables.
María suspiró.
—Jolines... Pues les diré que, al menos, compartan conmigo la ubicación en tiempo real. Así me quedaré más tranquila.
Al otro lado del teléfono, Claudia sonrió. Conocía demasiado bien a su madre y sabía que, aunque intentara disimularlo, siempre llevaría la preocupación por sus nietos en el corazón.

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