la peluquerĂ­a đź’‡‍♀️

María no sabía muy bien qué corte de pelo favorecería más a sus facciones. Llevaba tiempo dándole vueltas al asunto. La media melena le gustaba, pero tenía un pequeño inconveniente: no soportaba sentir el cabello sobre la cara. Bastaba una ligera brisa para que los mechones se empeñaran en caerle sobre los ojos, obligándola a apartarlos una y otra vez.
Sentada en la sala de espera de la peluquerĂ­a, comenzĂł a hojear varias revistas en busca de inspiraciĂłn. ObservĂł cortes modernos, melenas impecables y cabellos plateados que lucĂ­an con una elegancia natural. SonriĂł al pensar que ya no tenĂ­a nada que esconder. Sus canas hablaban del paso del tiempo, de las batallas libradas y de la mujer en la que se habĂ­a convertido.
—Quizá ha llegado el momento de un cambio —se dijo mientras pasaba otra página—. Algo cĂłmodo, fresco y que, de una vez por todas, me deje la cara despejada.
Muy corto tampoco. MarĂ­a conocĂ­a demasiado bien a sus hijas.
—¡Mamá, quĂ© corto llevas el pelo! —dirĂ­a Natalia entre risas.
—Anda, si pareces un chico —rematarĂ­a Claudia, incapaz de dejar pasar la ocasiĂłn.
MarĂ­a ya tenĂ­a preparada la respuesta.
—Pues a mĂ­ me gusta. Me veo muy bien y, además, no tengo el pelo todo el dĂ­a pegado a la cara.
Las tres acabarían riéndose.
Aunque aquello ya había ocurrido el año anterior. Irene, en un despiste de esos que solo le pasaban a ella, le cortó un buen mechón casi desde la raíz. No hubo milagro que lo arreglara.
—Bueno, pues ya está. Si no tiene arreglo, cĂłrtamelo todo.
Y así fue como María acabó con un corte de pelo muy corto. Para sorpresa de todos, le sentaba de maravilla. Al principio se miraba al espejo con cierta desconfianza, pero tardó poco en acostumbrarse. Era cómodo, fresco y resaltaba aún más sus canas naturales, que lucía con la misma dignidad con la que llevaba los años vividos.
Ahora, un año despuĂ©s, su cabello habĂ­a vuelto a crecer. Frente al espejo, mientras hojeaba aquellas revistas, sonriĂł. La duda regresaba de nuevo: ¿repetir el corte corto que tan bien le sentĂł o dejarse otra vez la media melena?
—Un dilema de lo más tonto —sonriĂł MarĂ­a para sus adentros.
LevantĂł la vista al escuchar cĂłmo pronunciaban el nombre de la clienta anterior. MirĂł de reojo el reloj.
—Creo que ya me toca a mĂ­. A ver si termino pronto.
Era la misma peluquería a la que había acudido durante años, aunque esta vez todo era diferente. El negocio había cambiado de dueño y aquella era la primera vez que se ponía en manos de los nuevos peluqueros.
Nada más entrar había notado la transformación. El local seguía siendo el mismo, pero había perdido parte de su antigua esencia. Antes compartía espacio con un pequeño servicio de manicura; ahora todo estaba dedicado al cabello. Los antiguos rincones habían desaparecido para dar paso a una zona más amplia de lavado y varias estaciones de corte, con un aire más moderno y funcional.
María recorrió el salón con la mirada mientras esperaba su turno. A veces bastaba un cambio de propietarios para que un lugar conocido pareciera completamente distinto. Sin embargo, esperaba que hubiera algo que no hubiera cambiado: salir de allí sintiéndose un poco mejor que cuando entró.

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