Por el momento, todo parecía ir perfecto. La finca era un refugio seguro, con árboles frutales, provisiones y un grupo de personas amables que los habían recibido con los brazos abiertos. Pero todos sabían que lo bueno dura poco, y que el peligro nunca estaba demasiado lejos.
El grupo preguntó a Manuel y Rosa cuál era la ruta alternativa para sortear el atasco de la autopista y evitar a las criaturas. 'El problema es el camión', dijo Manuel, señalando hacia el vehículo. 'La carretera de barro que lleva hacia el sur es intransitable en este momento, especialmente con las lluvias recientes. Si intentáis salir ahora, os quedaréis embarrados y tendréis que seguir andando.'
Aitor frunció el ceño, sintiendo la frustración de tener que esperar. '¿Cuánto tiempo crees que tendremos que quedarnos aquí?', preguntó.
Manuel se encogió de hombros. 'Depende del clima', dijo. 'Pero os aconsejo que os quedéis hasta que la carretera esté más seca. Allá afuera, todo está lleno de criaturas deambulando por todas partes. Aquí, al menos, estáis protegidos por los altos muros y la alambrada eléctrica.'
Rosa añadió: 'Aunque no es perfecto. Alguna que otra criatura ha logrado escalar la valla, pero hemos podido lidiar con ellas. Estamos a salvo, pero no podemos bajar la guardia.'
El grupo asintió, sabiendo que no tenían otra opción. 'Entonces nos quedaremos aquí hasta que podamos salir sin peligro', dijo Aitor, mirando a los demás. 'Mientras tanto, podemos ayudar en lo que sea necesario.'
Manuel sonrió, agradecido. 'Eso sería de gran ayuda. Tenemos mucho trabajo por hacer, y cuantas más manos, mejor.'
El grupo comenzó a acomodarse en la finca, sabiendo que el camino hacia Huelva tendría que esperar. Mientras tanto, se prepararon para ayudar en las tareas diarias y mantenerse alerta ante cualquier amenaza. Sabían que el peligro nunca estaba demasiado lejos, pero también sabían que, mientras estuvieran juntos, tenían una posibilidad de sobrevivir.
El invierno seguía siendo implacable. Ese año, la lluvia y la nieve caían más que nunca, convirtiendo la finca en un refugio frío pero seguro. Todos en la finca ponían su granito de arena, trabajando juntos para mantener el lugar en orden y asegurarse de que las provisiones duraran. Sin embargo, no todo era tranquilidad. De vez en cuando, los 'moreadores', como llamaban a las criaturas que lograban saltar la valla, les daban algún susto.
Rafael, un jornalero de la finca, tuvo la mala fortuna de tropezar con uno de ellos durante una de esas incursiones. Solo fue un rasguño en el brazo, y por suerte no estaba solo. Sus compañeros acudieron rápidamente en su ayuda, ahuyentando a la criatura y llevándolo de vuelta a la casa.
Al principio, pensaron que con un poco de cuidado, la herida se curaría. Pero lo malo fue que no fue así. Cada día, la herida empeoraba, infectándose de una manera que nadie podía explicar. Finalmente, tuvieron que amputarle el brazo desde el codo para evitar que la infección se extendiera.
Sin embargo, eso no fue suficiente. Poco a poco, Rafael comenzó a cambiar. De día, era una persona normal, comportándose como siempre lo había hecho. Pero por las noches, algo en él se alteraba. Salía al campo, atraído por el olor de los humanos, y emitía gruñidos guturales que daban miedo a todos.
'Es como si fuera mitad humano, mitad cosa', dijo Manuel, observando a Rafael desde la ventana. 'No sabemos qué le está pasando, pero no podemos arriesgarnos a que se convierta en una de esas criaturas.'
El grupo decidió encerrar a Rafael en una habitación segura, donde pudieran vigilarlo. Aunque daba miedo, también había algo útil en su transformación: cuando había una criatura cerca, Rafael gruñía, alertándolos del peligro. No estaba claro si lo hacía como advertencia o simplemente porque sentía la presencia de sus semejantes, pero la verdad era que su comportamiento les daba una ventaja.
'Es horrible', dijo Claudia, abrazándose a sí misma. 'Pero no podemos dejarlo morir. Es uno de los nuestros.'
Aitor asintió, sintiendo el peso de la decisión. 'Tenemos que vigilarlo', dijo. 'Si se convierte en una criatura, no tendremos otra opción.'
El grupo continuó con sus tareas diarias, sabiendo que el peligro nunca estaba demasiado lejos. Mientras tanto, Rafael permanecía encerrado, siendo observado constantemente. Sabían que el invierno sería largo y pesado. ¡Qué momento tan lleno de pequeños momentos de normalidad y esperanza
Fue una gran suerte encontrar esa finca. Después de semanas de huir, de enfrentarse a criaturas y de vivir con el miedo constante, la finca les brindó un respiro muy necesario. Por un tiempo, pudieron disfrutar de un poco de tranquilidad, algo que todos, especialmente los niños, necesitaban desesperadamente.
Los niños, Julen, Jordi, Titi, Alejandro y Nico, aprovecharon al máximo este respiro. Aunque siempre había adultos vigilándolos para evitar sustos innecesarios, podían jugar en los jardines de la finca, correr entre los árboles frutales y disfrutar de una sensación de normalidad que hacía tiempo no experimentaban.
Jordi, Julen y Titi se habían convertido en expertos manejando los drones de vigilancia. Pasaban horas monitoreando los alrededores de la finca, asegurándose de que no hubiera criaturas merodeando cerca. 'Es como un juego', decía Jordi, aunque todos sabían que era mucho más que eso.
Alejandro y Nico, por su parte, se encargaban de vigilar las cámaras de seguridad que Manuel y Rosa habían instalado alrededor de la finca. 'Es aburrido a veces', admitió Nico, 'pero es importante. No podemos bajar la guardia.'
Así pasó noviembre, con el grupo adaptándose a la vida en la finca. Aunque el peligro nunca estaba demasiado lejos, la rutina les daba una sensación de estabilidad que todos necesitaban. Las tareas diarias, como cuidar de los animales, recolectar frutas y mantener las defensas de la finca, los mantenían ocupados y unidos.
'Es increíble cómo hemos logrado adaptarnos', dijo Claudia una noche, mientras el grupo cenaba juntos. 'Pero no podemos olvidar que esto es temporal. Tenemos que seguir adelante.'
Aitor asintió, mirando a los niños que jugaban en un rincón de la sala. 'Sí, pero por ahora, esto es lo mejor que tenemos. Mientras estemos juntos, tenemos una posibilidad de sobrevivir.'
El grupo continuó con su rutina, sabiendo que el invierno sería largo y difícil, pero también que, mientras estuvieran juntos, tenían una posibilidad de encontrar un lugar seguro.
Noviembre se convirtió en diciembre, y con él llegó una nevada histórica que cubrió todo con dos metros de nieve. La finca quedó aislada, y el grupo se vio obligado a refugiarse dentro de la casa principal. Rafael, que había estado encerrado y vigilado, comenzó a gruñir con más intensidad que nunca. Sus golpes contra las paredes eran tan fuertes que parecía querer derribar los muros.
Manuel y Rosa, después de discutirlo con el grupo, decidieron que era mejor soltar a Rafael, al menos de noche. 'Nunca nos ha hecho daño', dijo Rosa, aunque su voz temblaba. 'Y no tenemos corazón para quitarlo de en medio.'
Aitor y Carlos, aunque reacios, aceptaron la decisión. 'Es lo más humano que podemos hacer', dijo Aitor, mirando a Rafael con tristeza. 'Pero tenemos que estar preparados para lo que pueda pasar.'
A la mañana siguiente, hablaron con la parte humana de Rafael, que todavía entendía y respondía. Con lágrimas en los ojos, Rafael salió de la casa, adentrándose en la nieve. Durante semanas, no supieron nada de él.
Llegó Navidad, y el grupo intentó crear un poco de normalidad para los niños. Decoraron la casa con lo que pudieron encontrar, prepararon una cena especial y cantaron villancicos. Por un momento, parecía que todo iba bien.
Pero esa noche, el infierno se desató.
Una onda de criaturas, atraídas por algo que nadie podía explicar, se dirigía hacia la finca. Los gruñidos y los pasos resonaban en la noche, y el grupo supo que no podían quedarse de brazos cruzados.
'¡Todos a sus puestos!', gritó Aitor, agarrando su arma. 'Tenemos que defender la finca.'
El grupo se preparó para la batalla, sabiendo que sería muy difícil ganar Mientras las criaturas se acercaban, no podían evitar preguntarse si Rafael había tenido algo que ver y fuera el que lo hubiera llevado a la finca.
Los niños lloraban, estábamos atrapados, la nieve lo cubría todo, no se podía salir y esas criaturas merodeaban por todos los sitios, los muros a un que resistente , los dos metros de nieve parecían más pequeño y con más posibilidades de saltar, sin necesidad de tocar la alambrada, estamos perdido dijo Ana con voz temblorosa, Claudia se puso al lado de sus hijos .
Los hombres se reunieron para hablar.
Josefa, Rosa juntos con los demás muchachos se pusieron mano a la obra intentando que no faltará munición , todos corrían, Natalia ayudó con el agua caliente y sal por si hacia falta .
la noche se hacía muy larga.
Los aullidos se sentía cada vez más fuertes y cercanos.
El miedo se pegaba al cuerpo siempre alerta
con la angustia metida en el cuerpo se escuchó una voz mitad criatura mitad humana, alto!!.
Al principio nos pareció que era nuestra imaginación.
pero la segunda fue más alta y clara seguida de gruñidos guturales, todos los presentes reconocieron la voz de Rafael.
El silencio se hizo en la noche, nadie movió ni un músculo, la pregunta era sí Rafael los había guiado o había aparecido para protegernos? esa era la incógnita.
otra pregunta que flotaba en el aire era sí habían mutado y ahora eran más inteligentes .
cuantos más habría como Rafael.
según Manuel y Rosa , Rafael siempre había sido un buen muchacho, cariñoso y amable, muy trabajador y tranquilo, para ellos era como un hijo.
pero la incógnitas seguía hay.
El fuego en la chimenea crepitaba, proyectando sombras temblorosas en las paredes de la casona. Afuera, Rafael permanecía en guardia, su silueta deformada por la transformación que lo había convertido en algo más que humano. Su piel tenía parches endurecidos, casi como si estuviera mutando en algo ajeno. Sus ojos, antes oscuros y cálidos, ahora brillaban con un resplandor extraño. Pero no había ferocidad en su mirada, solo determinación.
Manuel y Rosa lo observaban desde la ventana con una mezcla de miedo y afecto. Ellos lo habían criado desde niño, y cuando comenzaron a aparecer los primeros signos de la infección en su cuerpo, no tuvieron el corazón para sacrificarlo. Lo mantuvieron escondido, esperando que la fiebre pasara, que su carne dejara de retorcerse bajo su piel. Pero Rafael nunca terminó de cambiar. No se convirtió en una de esas cosas. Se quedó atrapado en el umbral entre lo humano y lo monstruoso.
—No nos ha hecho daño… —murmuró Rosa, abrazándose a sí misma.
—Pudo habernos matado cuando comenzó a cambiar —añadió Manuel en voz baja—, pero no lo hizo.
Aitor, un hombre de rostro curtido por la vida y la supervivencia, se inclinó contra la pared y suspiró.
—No creo que quiera hacernos daño. Es más… pareciera que nos está protegiendo.
Un silencio pesado cayó sobre ellos. Afuera, las criaturas se mecían inquietas, susurros guturales escapando de sus bocas abiertas. Pero no avanzaban. No mientras Rafael estuviera allí.
Entonces, como si sintiera las miradas de los que estaban dentro de la casona, Rafael giró la cabeza lentamente hacia ellos. Su expresión era imposible de leer, pero cuando abrió la boca, su voz sonó ronca, distorsionada, pero aún familiar.
—Quédense dentro. No salgan.
Y con un gruñido bajo, extendió sus garras y se preparó para enfrentar a la horda.
El sol apenas despuntaba en el horizonte cuando Rafael apareció en la finca. Su silueta recortada contra la bruma matinal parecía aún más imponente, más salvaje. Sus ojos brillaban con una intensidad febril, como si una lucha interna se desarrollara dentro de él.
Manuel y Rosa fueron los primeros en salir a su encuentro, aún con el rostro marcado por el llanto de la noche anterior. Los demás, con cautela, los siguieron. Aitor mantenía la mano firme sobre el mango de su cuchillo, aunque en el fondo no creía que fuera necesario.
Rafael los observó a todos en silencio antes de hablar. Su voz era más ronca, más profunda.
—Esta vez los pude controlar —dijo, su mirada recorriendo los rostros agotados de los supervivientes—. Pero no siempre será así. Deben irse.
Un escalofrío recorrió al grupo. Nadie quería reconocerlo, pero en el fondo, sabían que Rafael tenía razón.
—¿Adónde podríamos ir? —preguntó Claudia, abrazando a sus hijos, Jordi y Julen, como si pudiera protegerlos con la fuerza de su abrazo.
Rafael apretó la mandíbula, su expresión era de pura lucha interna.
—No lo sé… pero aquí no es seguro. La horda volverá. Ahora saben que hay humanos aquí.
Josefa, con los ojos aún húmedos, miró a Natalia, quien seguía aferrada a ella.
—Si nos vamos, ¿qué pasará contigo? —preguntó con voz temblorosa.
Rafael miró sus propias manos, las garras que ahora formaban parte de su ser. Sus nudillos crujieron cuando los cerró en puños.
—No lo sé. No entiendo por qué no me he convertido completamente… pero cada día me siento más fuerte. Y también más… cambiado.
Silencio. Todos sentían el peso de sus palabras.
—No quiero hacerles daño. Prefiero que se vayan antes de que eso pase.
Rosa sollozó y Manuel bajó la cabeza, su corazón dividido entre el amor por aquel muchacho que había criado y el miedo a lo que pudiera convertirse.
—Nos salvaste, Rafael —murmuró Irene, meciendo a Nicolás, que con solo dos años no entendía nada de lo que pasaba—. No podemos dejarte así.
Rafael sonrió, una sonrisa triste, casi humana.
—Lo que soy ahora… no necesita salvación.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire como una sentencia. Tenían que tomar una decisión. Y rápido.
El frío era cada vez más intenso. La nieve cubría los campos y el camino de tierra que llevaba a la finca era ahora un manto blanco y traicionero. Las huellas de la noche anterior ya habían desaparecido bajo la nueva nevada.
Julián miraba a su alrededor con el ceño fruncido. El autobús que habían encontrado días atrás no podía avanzar más; los caminos estaban bloqueados. La autopista, que en algún momento fue una posible ruta de escape, ahora era una trampa de metal y muerte.
—¿Por dónde podemos salir? —repitió, su voz cargada de preocupación—. ¿Andando, con los niños y los mayores? No llegaríamos lejos.
Manuel se pasó una mano por el rostro, agotado. Sabía que Julián tenía razón. La idea de caminar en medio de la nieve con tantos a su cargo era una locura.
—Podemos esperar un poco más —propuso Irene, abrazando a Nicolás con fuerza—. Quizás pase la tormenta…
—No hay tiempo —interrumpió Rafael. Estaba de pie junto a la valla, su cuerpo aún más tenso que antes. Sus ojos brillaban con un resplandor extraño—. Anoche los hice retroceder, pero no se han ido del todo. Solo están esperando.
Las palabras hicieron que el silencio se apoderara del grupo.
—Entonces… ¿qué hacemos? —preguntó Rosa con un hilo de voz.
Rafael miró alrededor, midiendo sus opciones. Sus sentidos ahora eran más agudos, podía escuchar más allá de lo que cualquier humano podría. Cerró los ojos y dejó que su instinto hablara.
—Hay otro camino —dijo al fin—. No por la carretera ni los caminos. Por el bosque.
—¿El bosque? —preguntó Claudia, alarmada—. ¿Con los niños y los ancianos?
—No hay otra opción —dijo Rafael con firmeza—. La nieve será un problema, pero también cubrirá nuestras huellas. Y lo más importante… ellos no se acercan demasiado al bosque profundo.
Aitor frunció el ceño.
—¿Por qué?
Rafael tardó unos segundos en responder.
—No estoy seguro. Pero hay algo allí que los mantiene alejados.
Manuel se pasó la mano por la barbilla, pensativo.
—¿Y si es algo peor?
Rafael no respondió. En su interior, sentía que había algo en aquel bosque que incluso a él lo inquietaba. Pero no había elección.
—Si nos quedamos aquí, moriremos —dijo Rafael finalmente—. Debemos movernos antes del anochecer.
El grupo intercambió miradas. Nadie quería hacerlo, pero todos sabían que no tenían alternativa.
La decisión estaba tomada. Se irían por el bosque.
Lo que encontrarían allí… era un misterio.
El crujir de la nieve bajo sus pies era el único sonido que acompañaba al grupo mientras dejaban atrás la finca. Nadie hablaba. Nadie quería hacerlo. La tensión en el aire era palpable, como si el bosque mismo contuviera la respiración, esperando su llegada.
Jordi y Julen, con los drones y ordenadores a la espalda, caminaban junto a Titi, Nico y Alejandro, tratando de no quedarse atrás. Jesús y su hijo avanzaban con paso firme, asegurándose de que las medicinas estuvieran bien protegidas, mientras Ana revisaba constantemente que no perdieran a nadie en la marcha.
Las ramas desnudas de los árboles se alzaban sobre ellos como garras extendidas, y la niebla baja convertía el bosque en un mar de sombras inquietantes. Aitor iba en la retaguardia, con un cuchillo en la mano y la mirada alerta. Rafael, en cambio, encabezaba la marcha, su cuerpo tenso, como si pudiera sentir cosas que los demás no podían.
Manuel se acercó a él, manteniendo la voz baja.
—¿Cuánto más crees que podamos avanzar antes de que anochezca?
Rafael no respondió de inmediato. Sus sentidos captaban cada sonido, cada vibración en el aire.
—Unas dos horas, si no encontramos obstáculos —dijo finalmente—. Pero debemos mantenernos juntos.
—¿Qué crees que hay en este bosque? —preguntó Manuel, mirando a su alrededor con inquietud.
Rafael entrecerró los ojos.
—Algo que las criaturas temen.
Manuel sintió un escalofrío recorrer su espalda. No estaba seguro de si eso era un alivio o una amenaza aún mayor.
De repente, un sonido rompió el silencio. Un chasquido, como una rama partiéndose.
El grupo se detuvo en seco.
El aire se volvió más denso, casi eléctrico. Algo estaba allí, en la espesura, observándolos.
Rafael apretó los dientes, su cuerpo cambiando sutilmente, preparándose para lo que fuera que estuviera al acecho.
Y entonces, desde lo profundo del bosque, se escuchó un susurro.
Un murmullo bajo, gutural.
Un idioma que nadie entendía.
Pero que Rafael sí.
Su expresión se endureció. Lo que fuera que habitaba en aquel bosque… los estaba esperando.
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