El final del camino

 Capítulo 1
Esa mañana, cuando los primeros rayos tenues del sol empezaban a vislumbrarse entre los edificios, María saltó de la cama con ganas de quitarse la pereza de encima. Necesitaba volver a salir a caminar. Tenía ganas de reencontrarse con la persona que un día fue, no con aquella en la que se estaba convirtiendo.
¿Qué le había pasado?
¿Por qué tanta amargura?
Tenía que dejar el pasado atrás y empezar de nuevo a vivir la vida. El letargo le había durado demasiado tiempo.
Era hora de volver a empezar.
—Pero primero… —pensó mientras apartaba la cortina y observaba la calle vacía— ahora que la ciudad todavía está medio dormida, es el momento perfecto para salir a caminar.
Le gustaban esas horas tempranas de la mañana, cuando apenas se escuchaba algún coche lejano o el ruido metálico de una persiana levantándose. El aire era fresco y las calles parecían distintas, como si durante unos minutos el mundo perteneciera únicamente a quienes aún conservaban sueños o heridas.
Se puso unas zapatillas viejas, una chaqueta ligera y salió de casa cerrando la puerta con suavidad.
Mientras caminaba, respiró hondo.
Hacía mucho tiempo que no se permitía sentir el olor de la mañana, escuchar el canto de los pájaros o contemplar cómo el cielo cambiaba lentamente de color. Durante años había vivido atrapada entre preocupaciones, silencios y recuerdos que pesaban demasiado.
Pero aquella mañana era diferente.
No sabía exactamente qué estaba buscando, aunque en el fondo intuía que no había salido solo a caminar. Quizá buscaba paz. Quizá respuestas. O quizá simplemente quería dejar de sentirse perdida.
Al llegar al parque, observó cómo las hojas de los árboles se movían suavemente con la brisa. Un anciano paseaba a un perro pequeño; una mujer corría con auriculares puestos; un barrendero silbaba una canción antigua mientras trabajaba.
La vida seguía avanzando para todos.
Y por primera vez en mucho tiempo, María sintió deseos de avanzar también.

La vida le estaba brindando muchas oportunidades y ella había estado demasiado ciega —o quizá demasiado herida— para darse cuenta. Ya estaba bien de dramas y malos entendidos. La vida continuaba, quisiera ella o no, y buscar culpables no iba a devolverle los años perdidos.
Era feliz… a medias.
Aunque, según solía decirse a sí misma, la felicidad completa no existía. Siempre había una ausencia, una cicatriz o una nostalgia escondida en algún rincón del alma.
Pero aquella mañana quería algo distinto.
Quería otra oportunidad.
Una oportunidad para arrojar lejos el pasado, las dudas y aquellas interminables comeduras de cabeza que no la dejaban respirar tranquila.
Así que sonrió levemente.
Una sonrisa pequeña, casi tímida, pero real.
Era sábado. El día perfecto para empezar de nuevo.
Las cafeterías comenzaban a abrir, dejando escapar el aroma a café recién hecho y pan caliente. Algunas personas caminaban sin prisa, disfrutando del fin de semana, mientras otras cargaban bolsas del mercado o paseaban de la mano.
María siguió andando despacio, observándolo todo como si llevara años sin mirar realmente el mundo.
De repente comprendió algo sencillo: la vida no estaba esperándola. Nunca lo había hecho.
Era ella quien se había detenido.
Y quizá por eso, mientras el sol terminaba de despertar la ciudad, sintió dentro de sí una ligera sensación de libertad. Como si, después de mucho tiempo, el peso sobre sus hombros empezara lentamente a desaparecer.
marcó el número de Elena.
—¿Diga? —escuchó la voz adormilada de su amiga al otro lado del auricular.
—¿Elena, estás levantada?
—Sí —respondió ella con un bostezo suave—. Aunque casi por obligación. ¿Qué pasa tan temprano?
María sonrió.
—¿Te apetece ir a caminar un rato? Luego, si quieres, podemos parar a desayunar.
Hubo unos segundos de silencio.
—María… ¿te encuentras bien? —preguntó Elena entre divertida y sorprendida—. Porque normalmente a estas horas ni existes.
Las dos soltaron una pequeña carcajada.
—Necesitaba salir de casa —admitió María mientras seguía caminando despacio—. Me hacía falta respirar un poco.
—Entonces dame veinte minutos y voy contigo.
—Perfecto.
Colgó el teléfono y guardó el móvil en el bolsillo de la chaqueta.
Sabía que siempre que quedaba con Elena terminaban metidas en alguna fiesta improvisada, bailando canciones antiguas o riéndose por tonterías hasta olvidarse de la hora. Y, pensándolo bien, quizá eso era exactamente lo que necesitaba.
Despejar la mente.
Dejar de analizarlo todo.
Volver a sentirse viva aunque solo fuera durante unas horas.
Porque Elena tenía esa extraña capacidad de arrastrarla de nuevo hacia la alegría incluso en sus peores días. Era de esas personas que aparecían con un café en la mano y una sonrisa enorme cuando el mundo parecía venirse abajo.
María levantó la vista hacia el cielo claro de la mañana.
Hacía mucho tiempo que no sentía aquella ligera emoción antes de un encuentro sencillo. Sin planes complicados, sin obligaciones, sin tener que fingir que todo iba bien.
Solo caminar.
Hablar.
Reír quizás.
Y por primera vez en mucho tiempo, aquello le parecía suficiente.
Se encontraron donde siempre: en el aparcamiento de aquel supermercado que abría a las diez. A esas horas aún estaba medio vacío y el silencio solo se rompía por algún coche aislado o el ruido lejano de los carros metálicos.
Desde allí solían elegir el camino del día: o la ruta hacia el campo o el paseo que atravesaba la ciudad.
Aquella mañana María lo tuvo claro.
—¿Campo? —preguntó Elena, aunque ya conocía la respuesta.
—Campo —respondió María con una sonrisa tranquila.
A María le gustaba caminar entre la naturaleza, sobre todo en aquella época del año, cuando todo parecía vestirse de color. Las flores silvestres comenzaban a despertar junto a los caminos, los árboles recuperaban su verde intenso y el aire olía a tierra húmeda y vida nueva.
Aquellos pequeños momentos le alegraban el día más de lo que estaba dispuesta a reconocer.
Mientras avanzaban por el sendero de tierra, Elena hablaba sin parar de una compañera nueva del trabajo que se había enamorado de un camarero veinte años menor que ella.
—Y dice que está viviendo una segunda juventud —contaba divertida—. ¡Yo quiero esa energía cuando llegue a su edad
—Elena, tú naciste con esa energía —respondió María riéndose.
Elena la miró de reojo.
—Ahí está… esa risa sí me gusta más.
María bajó la mirada unos segundos.
Hacía tiempo que no se escuchaba reír de verdad. No una sonrisa fingida para tranquilizar a los demás, sino una risa ligera, espontánea, de las que salen sin permiso.
El sol comenzaba a calentar suavemente y una ligera brisa movía los campos a ambos lados del camino como si fueran olas verdes.
María respiró hondo.
Quizá la felicidad no era algo enorme ni perfecto. Quizá estaba precisamente allí: en una mañana tranquila, un paseo sin prisas y una amiga capaz de hacerle olvidar, aunque fuera por un rato, todo aquello que le pesaba por dentro.
—Cuéntame —dijo Elena mientras apartaba una rama del camino—. ¿Qué tal estás después de ver allí a… ya sabes?
María tardó unos segundos en responder. Caminó unos metros en silencio, observando cómo el viento movía las amapolas junto al sendero.
—Ay, Elena… me di cuenta de cosas que tendría que haber visto hace mucho tiempo. Pero, si te soy sincera, no las vi… o lo que es peor, no las quise ver.
Elena la miró con atención.
—¿Cómo qué?
María suspiró suavemente.
—ya da igual,lo importante es el aquí y el  ahora. Solo entendí que, a veces, lo que parece una jugarreta del destino… quizá en realidad sea una lección. Una sacudida para que despiertes del letargo donde yo misma me había instalado.
Hizo una pausa antes de continuar.
—Tal vez necesitaba enfrentarme a ciertas cosas para volver a reír, para volver a vivir con ganas. Como si la vida me estuviera diciendo: “María, ya has sufrido bastante, ahora te toca vivir”.
Elena sonrió con ternura.
—Pues ya era hora de que le hicieras caso.
María soltó una pequeña risa.
—Sí… creo que sí.
Siguieron caminando despacio mientras el sol terminaba de elevarse sobre los campos. A lo lejos se escuchaba el canto insistente de un mirlo y el ruido suave de las hojas agitadas por el viento.
—¿Sabes qué creo? —continuó María—. Que me pasé demasiado tiempo aferrada a recuerdos, a culpas, a cosas que ya no podían cambiarse. Y mientras tanto la vida seguía avanzando sin mí.
Elena asintió lentamente.
—A veces uno no sabe cómo salir de ciertos sitios… hasta que un día se cansa de estar triste.
Aquellas palabras se quedaron flotando entre las dos.
Porque María sabía que era verdad.
No había sido un gran acontecimiento lo que la había despertado. Ni una conversación mágica ni un milagro inesperado. Había sido el cansancio. El agotamiento de vivir siempre mirando hacia atrás.
Y quizá por eso, mientras seguía caminando bajo aquel cielo limpio de sábado, sintió que algo dentro de ella comenzaba, por fin, a soltar el pasado.
 ¿qué tal va ese libro… o lo que sea que has empezado a escribir?
María sonrió con cierta timidez.
—Pues creo que fue precisamente escribiendo cuando me di cuenta de muchas cosas.
—¿Cómo cuáles?
—Que me había enganchado a la soledad. Y lo peor es que allí me sentía cómoda. Era como una especie de refugio… silencioso, pero vacío.
Elena guardó silencio, dejándola continuar.
—Tenía el corazón agotado después de tanto… en fin —dijo María encogiéndose de hombros—. Pero mientras escribía me di cuenta de algo importante: mi vida tampoco ha sido tan mala, malísima. Dentro de todo, y a pesar de todo, he tenido muchísimos momentos felices. Y sí… también he sido feliz.
Elena sonrió al escucharla hablar así.
—Claro que lo has sido.
—Lo que pasa es que una acaba recordando más las heridas que las alegrías —continuó María—. Pero la vida es eso, ¿no? Pasan cosas buenas, cosas horribles y otras que simplemente te cambian. Y al final no queda otra que tener fortaleza para seguir adelante sin vivir mirando atrás.
Elena la observó con cariño.
—Me alegro mucho de escucharte hablar así.
María respiró hondo, como si aquellas palabras también la sorprendieran a ella.
Elena dio dos palmadas suaves.
—Bueno, ¿qué? ¿Nos vamos ya a desayunar? Porque a este paso acabamos ganando una maratón. Me tienes con la lengua puesta de corbata.
Las dos soltaron una carcajada.
Y así, entre conversaciones, recuerdos y risas sinceras, llegaron hasta la churrería de siempre. El olor a chocolate caliente y masa recién hecha las envolvió nada más entrar.
—Vamos a recuperar todo lo que hemos perdido caminando —dijo Elena acercándose a la barra.
Las risas volvieron a sonar.
Y María pensó, mientras observaba el bullicio tranquilo de aquella mañana de sábado, que quizá sanar empezaba exactamente así: caminando despacio, hablando sin miedo y volviendo a reír sin sentir culpa por ello..
—¿Qué vas a hacer hoy? —preguntó Elena mientras terminaban el desayuno—. ¿Tienes planes?
—No —respondió María encogiéndose de hombros.
Elena dejó la taza sobre la barra y sonrió con esa expresión traviesa que María conocía demasiado bien.
—Pues entonces hacemos una cosa: nos vamos a casa, nos duchamos y paso a por ti dentro de hora y media, ¿vale?
María entrecerró los ojos divertida.
—Eso suena peligrosamente a uno de tus planes improvisados.
—Precisamente por eso son los mejores.
María negó con la cabeza sonriendo.
—Ok.
—Nada de rajarte luego, ¿eh?
—Que no, pesada.
Salieron de la churrería todavía riéndose. El ambiente de la mañana había cambiado; las calles empezaban a llenarse de gente y el sol ya calentaba con más fuerza.
Antes de separarse, Elena la agarró suavemente del brazo.
—Y ponte guapa.
—¿Para qué?
—Para ti, María. Ya toca.
Aquellas palabras se quedaron resonando en su cabeza mientras caminaba de regreso a casa.
Hacía mucho tiempo que no se arreglaba sin motivo. Muchísimo tiempo desde la última vez que se miró al espejo intentando verse bien y no simplemente correcta.
Al abrir la puerta de casa, el silencio de siempre la recibió. Pero aquella mañana ya no le pesó igual.
Dejó las llaves sobre la mesa y miró alrededor lentamente.
Por primera vez en mucho tiempo, aquella casa no parecía una cárcel ni un refugio triste. Solo era un lugar de paso.
Porque algo dentro de ella había empezado a cambiar.
Y aunque todavía no sabía exactamente hacia dónde la llevaba ese nuevo camino, por primera vez en años tenía ganas de descubrirlo.
A la hora  acordada Elena ya estaba en la puerta de casa de María, apoyada sobre el coche y tocando el claxon con impaciencia.
—¡Vamos, dormilona! —gritó divertida desde fuera.
María salió riéndose mientras cerraba la puerta con llave.
—Qué pesada eres.
Elena se quedó mirándola unos segundos.
—Oye… pues sí que te has puesto guapa.
María bajó la mirada sonriendo con cierta vergüenza.
—No empieces.
Subieron al coche y, nada más arrancar, Elena preguntó:
—Bueno, ¿a dónde vamos? ¿A la capital del reino o a Toledo?
María miró por la ventanilla unos segundos antes de responder.
—Mejor a la capital.
Elena sonrió disimuladamente mientras cambiaba de marcha.
María sabía perfectamente que el novio de Elena vivía allí y también sabía lo mucho que a su amiga le gustaba cualquier excusa para acercarse a Madrid, aunque luego fingiera indiferencia.
—Qué casualidad… —dijo Elena intentando parecer seria—. Justo tenía yo tenía ganas de ir.
—Claro, claro… qué casualidad —respondió María divertida.
Las dos soltaron una carcajada.
La carretera avanzaba bajo el sol brillante de la mañana mientras la música sonaba bajita en la radio. Elena conducía tarareando canciones antiguas y moviendo los dedos sobre el volante como si estuviera en un concierto.
María apoyó la cabeza en la ventanilla observando el paisaje pasar lentamente.
Hacía años que no hacía algo así sin darle mil vueltas a todo. Sin sentirse culpable por disfrutar. Sin pensar constantemente en problemas, responsabilidades o recuerdos dolorosos.
Aquella sensación de libertad era pequeña, pero real.
—¿En qué piensas? —preguntó Elena sin apartar la vista de la carretera.
María sonrió levemente.
—En que quizá todavía me quedan muchas cosas por vivir.
Elena giró la cabeza apenas un segundo para mirarla.
—Pues claro que sí, mujer. Lo bueno empieza ahora.
Y por primera vez en mucho tiempo, María quiso creer que quizá tenía razón.
Elena háblame de tu chico, de quien dijo Elena, de Antonio? De quien si no dijo María con una sonrisa burlona.
Estoy viviendo un sueño dijo Elena, estás el hombre perfecto, me trata genial. Cómo tiene que ser dijo María. Estoy súper enamorada siguió diciendo Elena. Haber cuando me lo presentas? Dijo María.
Elena sonrió y bajó la mirada como una adolescente a la que acababan de descubrir un secreto.
—Pues no sé qué decirte María… cuando estoy con él todo parece más fácil. Me escucha, se ríe de mis tonterías y nunca me hace sentir pequeña. Con Antonio puedo ser yo misma.
—Uy, uy… eso ya es amor del bueno —respondió María riéndose mientras removía el café—. Te brillan hasta los ojos cuando hablas de él.
—Es que contigo puedo decirlo sin vergüenza. A veces pienso que todo esto es demasiado bonito para ser verdad. El otro día apareció en mi trabajo solo para traerme unas flores porque decía que había tenido una semana difícil.
—Ay hija… eso ya no se ve mucho —dijo María negando con la cabeza—. Cuídalo.
Elena suspiró apoyándose en el respaldo de la silla.
—Y además tiene paciencia conmigo, que ya es decir. Cuando me enfado no discute, espera a que se me pase. Luego me abraza y ya está… se me olvida todo.
María la observó en silencio unos segundos.
—Entonces sí estás enamorada de verdad.
—Muchísimo —contestó Elena casi en un susurro—. A veces me da miedo acostumbrarme a ser feliz.
María le cogió la mano por encima de la mesa.
—No tengas miedo de eso. Después de todo lo vivido, ya te toca un poquito de felicidad, ¿no crees?
Elena sonrió emocionada.
—Te lo presentaré pronto, ya verás. Pero luego no me lo espantes con tus preguntas.
María soltó una carcajada.
—Yo solo quiero asegurarme de que ese Antonio sabe la joya que tiene delante.

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